Cadena 8 Noticias / Opinión
Hay noches en las que un partido de futbol es mucho más que 90 minutos. Hoy sábado por la noche, cuando la Trinca salte a la cancha para disputar la final, no solo se jugará un título deportivo: también quedará en evidencia el contraste entre dos formas de administrar un sueño colectivo, un sueño ciudadano.
De un lado, la administración privada que encabeza Selomith, directora del Club Irapuato, que ha logrado sacar adelante no solo al equipo, sino a toda una afición que hoy vuelve a creer.
Del otro lado, la administración pública municipal, que frente al mismo sueño —el de ver a Irapuato en lo más alto— ha optado más por las trabas, la omisión y el blofeo que por acompañar a su afición.
La historia reciente del equipo Irapuato es también la historia de una mujer que decidió no rendirse. Selomith se enamoró del futbol desde la tribuna.
Con el tiempo pasó de la grada a la dirección del club, asumiendo el reto de reconstruir a la Trinca tras años de malos manejos, desapariciones y frustraciones que siguen marcando la memoria de la afición. Bajo su liderazgo, el equipo resurgió, se ordenó en lo deportivo y en lo administrativo, y en muy poco tiempo está hoy peleando una final histórica. Pero lo más importante no está solo en la cancha, sino en la tribuna: familias completas volviendo al Sergio León Chávez; jóvenes que nunca habían visto a la Trinca en estas instancias; adultos mayores que regresan al estadio como quien regresa a su propia biografía.
La afición se volvió protagonista, y Selomith entendió algo que Lorena sigue sin comprender: cuando respetas al pueblo, el pueblo responde.
Su estilo de liderazgo ha sido claro: rodearse de un equipo serio, tomar decisiones pensando en el futuro del club y mantener un vínculo directo con la afición, sin discursos vacíos. En vez de blofear, mostró hechos: un proyecto deportivo que compite, una administración que cumple y un equipo que contagia orgullo.
Mientras la administración privada hacía su trabajo en la cancha y en la oficina, la administración pública municipal fue acumulando desencuentros con la afición y con la directiva.
Ahí están las negociaciones tensas por el uso del estadio, los chantajes contractuales disfrazados de “acuerdos”, las condiciones que parecen más castigo que acompañamiento, las tropelías administrativas para complicar la operación del club. No es un secreto: más de una vez se ha intentado paralizar partidos, presionar desde los reglamentos y usar la burocracia como herramienta de intimidación; un patrón del Partido Aliado del Narco (PAN) contra sus adversarios que no puede derrotar. Y el ejemplo reciente es muy claro: el municipio y Lorena Alfaro, no solo ha sido ausente en el estadio, sino que tampoco permitió —en los hechos— la instalación de una pantalla para que miles de aficionados que no pudieron viajar vieran el partido de su equipo en Tampico. A la hora de la verdad, no hubo voluntad para facilitar ese encuentro comunitario que habría convertido la ciudad entera en una gran tribuna.
La señal es contundente: mientras la iniciativa privada hace todo por acercar el futbol a la gente, el gobierno municipal parece empeñado en levantar muros.
Si algo ha dejado claro esta administración municipal es que sabe ponerse enérgica… pero solo cuando le conviene. Ahí sí vimos a todo un aparato de gobierno salir en rueda de prensa, muy indignados y golpeando la mesa, para hablar del tema de la presunta sobreventa de boletos en el estadio Sergio León Chávez. Se llenaron la boca con palabras como “seguridad”, “aforos”, “protección civil” y “cuidado de la ciudadanía”. Frente a las cámaras, la autoridad se mostró firme, casi heroica. Pero cuando volteamos a ver los antros y bares de la ciudad, esa energía desaparece. Ahí, las mismas autoridades que se ponen tan estrictas con el estadio se vuelven omisas y caen como momias: antros que rebasan los aforos permitidos una y otra vez; lugares donde la normatividad de protección civil no se cumple cabalmente; espacios donde la seguridad real es más un deseo que una práctica. En esos casos no hay ruedas de prensa, no hay indignación pública, no hay operativos espectaculares. La ley deja de ser “la ley” para convertirse en una recomendación olvidada.
La vara es todavía más corta cuando revisamos los eventos que la propia presidenta municipal ha encabezado en espacios cerrados: actos masivos donde tampoco se respetan los aforos, donde nadie se preocupa por revisar salidas de emergencia, rutas de evacuación o cumplimiento estricto de los reglamentos que tanto presumen cuando se trata del estadio y del futbol. Ese doble rasero lastima la confianza ciudadana. Porque cuando el discurso de “seguridad” se aplica solo para ponerle piedras en el camino a un proyecto que convoca y une a Irapuato —como hoy lo hace la Trinca—, y al mismo tiempo se toleran excesos evidentes en otros lugares, el mensaje es claro: no es un tema de legalidad, es un tema de control político. Y donde hay control político disfrazado de reglamento, lo que hay, en el fondo, es lo que caracteriza a la familia Alfaro -desde el padre hasta sus hijas- : abuso de poder.
Por eso este sábado por la noche, gane o pierda la Trinca, habrá algo que ya quedó resuelto: la administración privada del Club Irapuato, encabezada por Selomith, ha demostrado su triunfo con hechos: un equipo competitivo, una gestión profesional, un proyecto que conecta con la afición y la pone en el centro.
La administración pública municipal, en cambio, ha exhibido su fracaso frente a ese mismo sueño: permisos que llegan tarde, condiciones que parecen más castigo que impulso, ausencia simbólica en el estadio, obstáculos a la convivencia y una energía selectiva que se enciende solo cuando hay cámaras de por medio. Mientras una administración se remanga la camisa para construir, la otra se dedica a poner obstáculos. Mientras una entiende que el balón también es un vehículo de esperanza y pertenencia, la otra reduce todo a reglamentos, cobros y cálculos. Y no se trata de idealizar a nadie: el club es una institución privada, con sus intereses y responsabilidades. Pero hoy, paradójicamente, esa institución privada ha representado mejor el interés colectivo que la administración pública que debería defenderlo por mandato.
La noche de la final será recordada por generaciones, no solo por el marcador, sino por las posturas. Quedará claro quién estuvo del lado de la gente y quién se quedó en la comodidad del escritorio; quién arriesgó, invirtió y se comprometió, y quién prefirió el blofeo, la pose y las trabas. La pelota, como siempre, rodará en la cancha. Pero el mensaje va más allá del futbol: las ciudades necesitan gobiernos que acompañen, no que asfixien; proyectos públicos que celebren a su gente, no que la castiguen cuando se organiza; autoridades que entiendan que permitir que un pueblo sueñe no es un chiste: es una obligación. Selomith y la Trinca han demostrado que Irapuato puede soñar en grande y que, cuando se gobierna con seriedad —aunque sea desde lo privado—, los resultados se ven y se llenan los estadios. Ojalá el gobierno municipal tome nota. Porque este sábado, pase lo que pase en el marcador, una cosa ya es evidente: la administración que creyó en su gente ya ganó; la que le puso trabas, aunque presuma discursos y boletines, ya perdió.
* Ricardo Gómez Escalante/ Secretario de Organización del Comité Estatal de Morena Guanajuato








