Cadena 8 Noticias / Opinión
En la entrega de hoy abordaremos un tema por demás oportuno para quienes se encuentran, como un servidor, en un punto donde viendo hacia arriba vemos a nuestros padres, quienes tienen o tenemos la dicha de tenerlos aún; y si vemos hacia abajo tenemos a nuestros hijos a quienes formamos con el ejemplo más que con nuestros consejos, pues como dice Mima: “La palabra convence, pero el ejemplo arrastra”
En la construcción de la vida familiar, existen leyes invisibles que sostienen todo el edificio. Una de las más fundamentales, y quizás de las más olvidadas en nuestra cultura de la inmediatez, es el amor filial, honrar a nuestros padres. Como padres, a menudo nos desvivimos por el futuro de nuestros hijos, pero olvidamos que parte esencial de su formación humana consiste en enseñarles cómo mirar hacia atrás: hacia sus raíces.
Honrar a nuestros padres no es simplemente obedecer cuando se es niño. Honrar es una actitud del corazón que reconoce la dignidad intrínseca de quienes nos dieron la vida. Para un hijo, respetar a sus padres es una forma de humildad: es reconocer que lo que es no es solo gracias a sí mismo, que es deudor de un amor y de un sacrificio que nunca podrá pagar por completo.
La verdadera medida del “Honrar a los padres” no se toma cuando los padres son fuertes y proveen, sino cuando se vuelven frágiles. Una cita valiosa dice «Hijo, cuida de tu padre en la vejez y en su vida no le causes tristeza; aunque se debilite su razón, ten paciencia con él».
Aquí tocamos un punto sensible de la formación humana: el manejo de la vulnerabilidad. En un mundo que rinde culto a la eficiencia y a la «plenitud de vigor», el anciano cuya razón se debilita puede ser visto como una carga.
Cuando pedimos a nuestros hijos que tengan paciencia con la repetición de las historias de los abuelos, que los ayuden con la tecnología que no comprenden o que simplemente los escuchen con respeto, estamos entrenando sus almas para la eternidad. La paciencia con la debilidad ajena es la escuela de amor y respeto.
Hay una frase que debería hacernos reflexionar profundamente: «Quien honra a su padre, encontrará alegría en sus hijos». Existe una pedagogía del ejemplo que es implacable. Nuestros hijos no aprenden lo que les decimos, sino lo que nos ven hacer. La forma en que nosotros tratamos a nuestros propios padres (sus abuelos) es el manual de instrucciones que ellos usarán con nosotros en el futuro.
En una época que nos invita a desechar lo que «ya no produce», si un hijo ve que su padre cuida con ternura al abuelo enfermo, ese niño está aprendiendo que la vida tiene valor hasta el último suspiro. Está aprendiendo que él también será cuidado y amado cuando su propio vigor se apague. El respeto filial crea una cadena de seguridad emocional y espiritual que atraviesa las generaciones.
¿Cómo podemos traducir esto en la vida diaria de nuestros hogares? Aquí algunas sugerencias:
1. Cuidar la narrativa sobre los abuelos: Nunca hablemos de los abuelos como una «carga» frente a los hijos. Resaltemos su sabiduría, sus sacrificios y la importancia de su presencia, cuidemos su legado de amor por nosotros, contemos a nuestros hijos en la sobremesa las historias de amor que hemos vivido con ellos, todas las cosas que han hecho por nosotros y sobre todo, dejemos claro que somos sus hijos y que gracias los abuelos nuestros hijos tienen un papá y una mamá.
2. Impulsemos pequeños actos de servicio: Animemos a los niños a realizar tareas sencillas por sus abuelos: traerles un vaso de agua, ayudarles a caminar o a comer, cambiarle a la televisión o pedirle a Alexa la música que ellos quieren. Esto fomenta el hábito de la atención al otro.
3. No tolerar la falta de respeto: El respeto a los padres no es negociable. Cuando un hijo falta al respeto, no solo hiere al padre, se hiere a sí mismo. Debemos corregir con firmeza y amor, explicando que la honra es un mandato divino para su propio bien.
Otra cita valiosa dice: «El bien hecho al padre no quedará en el olvido».
Perdón, hare una corrección; parece que lo que hacemos por nuestros padres es un sacrificio que nos toca hacer; quiero corregir mi texto; hagamos todo lo anterior pero hagámoslo con mucho gusto, disfrutemos a nuestro padre o a nuestra madre porque puede ser que un día no nos quede más que decir “lo hubiera hecho”
Hice una consulta rápida con algunos amigos que tienen a sus padres ya grandes o que desafurtunadamente ya no los tienen, para integrar ideas de que cosas que disfrutan o disfrutaban sus papás y que además provocan mucha alegría a los hijos.
Este es el resultado, van los nuevos puntos para disfrutar cada momento con nuestros padres si ya están ancianitos, enfermos o aunque no lo estén, son opciones infalibles de felicidad con nuestros padres.
Punto número 1. Platica con ellos, date la oportunidad de conocer más de ellos, sus historias, sus victorias, sus sueños, de sus amigos, de todo vas a aprender cosas nuevas, y si tienes hijos súmalos a la plática. Tu aprendes, tus padres disfrutan y todos fortalecen el amor en familia. Escucha mucho y habla poco.
Punto número 2. Cúmplele sus gustos. Con los debidos cuidados que la edad y la salud obligan, pregúntale que se le antoja y dale el gusto de disfrutarlo. A veces será cosas tan simples como comer un helado, ver una película o llevarlo a pasear en el carro. Te vas a dar cuenta que hay cosas que les gustan mucho y que tu ni sabías.
Punto número 3. Camina con él a su paso. Ofrécele tu brazo y sal a caminar con tu papá o tu mamá, a su paso, sin prisas, tu junto a él, déjalo sentirse orgulloso de presumir a su hijo o su hija. Y si ya no camina, saca la silla de ruedas y llévalo a pasear, en ese caminar pausado, hazle plática y pídele que te comparta recuerdos que tiene de los lugares que van recorriendo. Es riquísimo hacerlo.
Punto número 4. Abrázalos, tal vez para ti es un simple abrazo, tal vez para ellos sea un placer indescriptible. Apapacha a tu padre o a tu madre, si ya lo haces hazlo más, si no lo haces es buen tiempo para iniciar.
Punto número 5. Provoca una reunión de todos los hijos con tus papás. Cuando los hijos crecen cada día es más difícil estar todos en las reuniones familiares, y aunque no digan nada, los papás lo ven y lo sienten. Pasa lo mismo cuando están todos los hijos juntos en la mesa. Date y dales ese gusto, veras que lo vas a disfrutar.
Punto número 6. Pídele su bendición. Si bien cada uno puede profesar una religión diferente, invariablemente en todas hay lo que podemos llamar “dar la bendición”. En la consulta este punto fue muy coincidente. A todos los papás les complace bendecir a sus hijos y nietos, y claro, una bendición es una bendición.
¿Qué otro punto te gustaría agregar como propuesta?
Ha sido por demás gratificante construir esta columna pues no la escribí yo, la escribieron las personas en estas últimas dos semanas que se dieron un momento para aportar sus ideas.
A manera de conclusión podemos afirmar la formación humana llega a su cumbre cuando los roles parecen invertirse. El hijo que fue cuidado ahora cuida; el que fue guiado ahora sostiene la mano temblorosa de quien le enseñó a caminar. Respetar al padre y a la madre en su vejez o en su vulnerabilidad es el acto de amor más concreto que una persona puede realizar.
Y si nuestros hijos aprenden a valorar eso estaremos haciendo hombres y mujeres de bien en la más amplia extensión de la palabra.
Hasta la próxima entrega.
* Mtro. Gabriel Espinoza Muñoz /Abogado, Educador y Analista político
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Mtro. Manuel Delgado / Director de Cadena 8 Noticias








