La hipocresía educativa: exigir excelencia «La Silla Vacía» / Columna Política Cadena 8 Noticias / Opinión Lic. Atenea Ramos Bravo

0
56

Cadena 8 Noticias / Opinión

El debate sobre la calidad educativa en México suele estancarse en la modernización de los planes de estudio, omitiendo que el verdadero motor de las aulas no son los programas, sino quienes los imparten. Las reformas van y vienen en los discursos oficiales, pero rara vez atienden la realidad operativa de las escuelas. Si bien la academia exige una vanguardia que no descarte los pilares de la escuela clásica, el desafío estructural de la educación radica en dos ejes inseparables: la vocación y las condiciones materiales del magisterio.

La experiencia directa en las aulas, tanto en el sector público como en el privado, revela una polarización alarmante en el desempeño frente a grupo. Por un lado, existen docentes cuyo compromiso trasciende el currículo para formar ciudadanos y dejar una huella invaluable en sus alumnos. En el extremo opuesto, persisten perfiles que asisten únicamente a calentar la silla, fomentando la mediocridad, el chisme o incluso la violencia en espacios que deberían ser seguros. Un maestro no es un simple transmisor de datos; es un formador de personas cuyo impacto define el futuro social.

Sin embargo, exigir vocación resulta una narrativa incongruente si el sistema no garantiza la dignificación de la labor docente. La precarización laboral es insostenible y se manifiesta en realidades innegables como la explotación en la educación privada. A nivel superior, existen instituciones que remuneran a sus profesores con apenas 60 pesos por hora bajo esquemas de honorarios, despojándolos de estabilidad y obligándolos a la autoexplotación para sobrevivir.

A esto se suma la brecha salarial en Guanajuato. En el subsistema de preparatorias militarizadas de este estado, la desigualdad es flagrante. Mientras un instructor con perfil militar percibe ingresos mensuales que rondan los 35 mil pesos, un docente civil gana menos de la mitad por realizar una labor académica fundamental.

¿Dónde queda la igualdad cuando hablamos de instituciones dirigidas a estudiantes civiles? La excelencia académica no puede sostenerse exclusivamente en el sacrificio personal del profesorado. La educación exige vocación inquebrantable, pero también reconocimiento, respeto y una remuneración justa para quienes la ejercen. Sin justicia salarial, cualquier discurso sobre el progreso educativo seguirá siendo una promesa vacía.