HISTORIAS PARA CONTAR / EL REINO IMAGINARIO DE JIMENA

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

Por: El Juglar*

En un pueblo, que aspiraba a ser ciudadela -nada chairo y sí muy «fresa»- de cuyo nombre no quiero acordarme, gobernaba la reina Jimena Álvaro Gracia II, en su lujoso aposento, con frecuencia mirando al faro de la bahía.

Su reinado era constantemente asediado por los vasallos inconformes, que continuamente le pintarrajeaban su palacio. El problema no era solo la reina Jimena, a quien le llamaban en repudio «Lady Teresa», sino su séquito zalamero que la engañaba con el fin de mantener sus privilegios.

Su corte le hacía creer que el traje invisible que «lucía» era el más hermoso de su reino y no había otro igual entre los más hábiles sastres.

Y así salía la reina en sus paseos de baños de pueblo, creyendo a ciegas que su atuendo era más vistoso que las perlas más finas que orfebre alguno hubiera diseñado.

Tenía ministros reverentes y leales, aunque alguno que otro taimado, como el consejero principal, luego nombrado responsable de seguridad, -su shire reeves – que luego cayó en desgracia mandándolo a despachar hasta los desagües del reino.

Pero si su responsable de justicia, con todo y sus armas, le generaba constantes conflictos con las mujeres del pueblo, el que lo sustituyó llegó a empeorar la estabilidad del reinado. Llegado por recomendaciones de un reino vecino, el nuevo encargado de la seguridad era un personaje soberbio altanero y prepotente.

El policía gustaba de aparecer frecuentemente en los eventos palaciegos de la reina, siempre cordial, servil y sonriente con la reina Jimena aunque con el pueblo era represor y abusivo.

Al nuevo shire reeves se le ocurrió la grandiosa idea de que en cada camino del feudo sería conveniente disponer de un grupo de guardias para revisar a los plebeyos que circularán en sus carretas para aumentar el ingreso a las arcas.

Y así se la pasaban los policías, un día si y otro también, acechando a los transeúntes y sin piedad, exigiéndoles pago por derecho de paso.

Esta medida fue aceptada por la reina, quien no imaginaba el costo que le traería esta medida por la inconformidad de los súbditos.

Mientras esto ocurría hacia el interior de la ciudadela, que creían perfectamente protegida, afuera, un ejército ondeando banderas color rojo marrón, acechaba esperando el momento en que el pueblo cansado de tanto abuso derribara la puerta de fortificación del palacio para entrar y derrocar a la reina Jimena, quien con frecuencia se sentaba en su balcón para mirar al faro que poco a poco fue perdiendo su luz, mientras anhelaba alargar su reinado.

* El Juglar, comunicador de noticias en una realidad alterna